



por Juan David EscobarPara mi el junco es cualquier parte, eso si es cierto. (Todos llevamos un junquito en el corazón).
Por más citadino que seas, por tu sangre corre estirpe montuna, alguien de tus antepasados nacieron en las montañas.
Mi familia es de Salgar, Concordia y Bolívar, pueblos de Antioquia, tierras cafeteras. Vivian en finquitas a 3 o 4 horas en mula. Se comía quesito entero al desayuno, arepa hecha en fogón de leña, frutas, y plato de frijoles en las noches todos los santos días.
Yo no se nade nanas, lo más parecido fueron mis primas que cuando crecieron se fueron para otros fogones.
El Junco es el lugar de Ana María, pero yo viaje con mi imaginario, la acompañe como contador de historia que soy, como amigo, como viajero, como pobre y campesino, como camarógrafo que mira y que es nada sin una cámara en la mano.
Ahora el Junco es un poco mío, también, y pronto de ustedes, pronto.

Cuando yo estaba chiquita veía a Nena (Elena Bedoya, mi nana, 54 años, me vio nacer, crecer, mi mama numero 2) venir los festivos de El Junco. El Junco quedaba muy lejos, porque ella siempre llegaba tarde, según ella la carretera era muy mala, y los carros apenas cabían en la vía. Era muy miedoso ir. Mi papa le decía en tono de charla que en El Junco el policía tenía una pistola de cartón. En El Junco no pasaba nada, ¿que podía pasar en el El Junco?
Cuando Nena se iba de vacaciones, ella además casi no podía llamar. Cuando podía era que la telefónica estaba en servicio, pero que vaina, era muy caro llamar. Además si uno la llamaba, uno preguntaba por Elena Bedoya, y ella iba en 5 minutos, cuando uno repetía la llamada.
Así era El Junco. Para mí, un lugar lejano, mítico, de donde nena y sus comadres venían, de donde contaban historias, a donde volvían donde sus abuelas y tías que no estaban en la ciudad, donde sembraban el terrenito con el café, la carguita que vendían en octubre, de donde traían una morcilla deliciosa y unos chorizos no me olvides, inigualables. O donde Nena soñó tener su casa propia. O rosita su finquita, donde Lola creció, crió sus hijos, de donde Saúl, el mono, venía cada ocho días a la ciudad para llevar verduras. Donde todavía hacían arepas de maíz, maíz, cocinadas en fogón de leña.
Luego entendí donde quedaba el junco. Ahhh! Que si, que por Sabanalarga, que eso queda al final de una carretera que se toma por Sopetran, que hay que pasar por Liborina y que ahí a una media hora antes de Sabanalarga, quedaba El Junco. Que por supuesto El Junco quedaba en Antioquia y que eran cerca de 5 horas de camino, cuando la carretera estaba buena y no había varados en el camino.
Luego mire a El Junco en GoogleMaps. El Junco, no existe en el mapa. El Junco como vereda no sale, ni como caserio, ni como punto de referencia. Si se ve Sabanalarga, pero desde Liborina hasta Sabanalarga no hay trazo de camino, ni carretera.
Primera confirmación: El Junco podría ser el final del mundo, un lugar perdido en medio de la nada, pero metido en mi imaginación de niña. Había que llegar hasta El Junco.
24 años de vida y fui a conocer El Junco.
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Volver del Junco
Y volví del Junco.
Muchas sonrisas, un calorcito adentro de haber estado allí. Donde, como me dijo alguien, la gente y la naturaleza son tan sabias... tan bonitas.
Volver del Junco es saber que una vida mas simple y mas tranquila, con otros tiempos, es posible.
Es tener en mi cabeza historias, experiencias, gente, que ya no está más en el olvido. Porque si alguien puede recordar, evita que la memoria haga de las suyas en el tiempo.
Y ahora el Junco, es también mío.
Todos saludan.
El agua es del monte y se guarda en tanque.
El celular esta de moda.
Todavía existen alcancías de Concasa.
Todavía se muele, y se hacen arepas anchas y redondas.
La gente se mueren como los árboles de los patios: de viejos.
Las casas se rajan.
Las gallinas comen en todos lados pero tienen un dueño.
Las montañas aun se ven vírgenes, limpia de marcas humanas.
Llegaron todas las guerras y todas se han ido yendo.
Los adornos navideños son para todo el año.
Los computadores apenas están llegando a lomo de mula.
Se habla porque se escucho hablar.
Se dice todavía: "Mi a pá. Mi a má".
Se espera el bus.
Se tiene, aun, teléfonos Compartel.
Se es pequeño, medianito y grande.
Se puede dejar la cicla afuera y no pasa nada.
Se cocina en leña y hay pollitos en todos lados.
Se plancha la ropa sobre ruanas.
Se viaja en el capacete.
Se pone a secar el café en la calle.
Se tiene cobijas de la seccional de Salud.
Se tiene comida por la tierra o por el crédito en la tienda.
Se sigue vivo.
No hay carros en la calle.
No se anda de afán sino rápidito.
No se coge Caracol Radio, pero tienen parabólica.
No se recoge basura, todo se tira al patio.
Para dormir se echan baños de Noche.
Estiran la pata.
Se ajustan años.
La gente se muere de repente.
Los campesinos van a la montaña con el radio a cuestas.
Hay retratos en las casas de los que se murieron.
Elena bedoya es mi nana. Yo tengo dos mamás. Ella es mi mamá número 2. Nena tiene 54 años.
Ya casi va a jubilarse, y lleva en mi casa viviendo y trabajando 31 años.
Nena es del Junco. Nena es nieta de Lola, y su mamá se llama Jael.
Nena ahora tiene una casa en Medellín, donde vive con Jael que ya se jubiló.
Nena nos ha cuidado, jonjoliado, criado y malcriado, porque ella que no tuvo hijos de verdad, verdad, nos crió como suyos y nos contempla todo el tiempo.
Aun después de viejos, Nena no puede oír que nos vamos a ir de la casa, porque inmediatamente se pone a llorar.
Nena dedicó su vida a educarnos, a cuidarnos, a contemplarnos.
Todos los sábados en mi casa Nena hace frijoles. Yo podría asegurar que los frijoles de Nena son de los mejores que uno se puede comer.
Yo recuerdo que de niña me gustaba mirarla cuando hacia las tajaditas de papa en un aparatico que desde que tengo memoria es el mismo.
A Nena le quedaban siempre delgaditas y cuando me dejaba intentarlo yo no lograba que me quedaran tan buenas.
Mientras cocinaba hace poco, le hice algunas preguntas. Le grabé todo lo que decía.
Ella dice que ya no se acuerda de mucho. Que las cosas se la han ido olvidando.
Con decir, que hasta la novela que se acaba de ver, no la recuerda cuando uno le pregunta por ella.
Yo me río, yo creo que no se quiere acordar.
Nena llegó a Medellin a los 13 años con Jael. Había hecho hasta 5 de primaria y había estudiado de interna en Sabanalarga.
Trabajaron con Don Eliazar un tiempo, y Nena luego se consiguió un trabajo propio. Donde doña Fanny.
Allá, de tan solo 17 o 19 años crio dos niños, que todos los años la llaman a felicitarla el cumpleaños.
Luego llegó a mi casa en 1977, dos meses después de que mis papas se casaron.
Y ahí van, esos sonidos de la cocina, de un sábado al medio día, mientras Nena, mi nana, mi mamá número 2, hace los frijoles, las papas, fríe, lava los platos.
Llora un poquito y recuerda con esfuerzo.
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Felicitaciones.
Jorge Diaz
paysa1980
diego moreno
FACEBOOK
--- Hola juan, realmente me alegra que cada vez más personas se acerquen a aquellos que exísten y que son olvidados por las grandes ciudades, por los gobiernos y hasta por la misma historia, me place saber que jóvenes como tu y tus amigos estan contando de una manera sensible e importante lo que ven, que están compartiendo respetuosamente con un puñado de niños y ancianos dueños de este tiempo.
Me gustó mucho el junco.
Un abrazo,
manu
-- Me gusto EL JUNCO.... me saco por un par de minutos de ver ladrillos, oler smog, de pensar en el trabajo y manejar en la ciudad. Las caras de los ancianos llenas de historia y la sencillez de la gente me dejan pensando...
Un saludo especial.
VIERA